El primer llanto de su bebé recién nacido es la mayor alegría de una madre y el
mensaje de felicidad que más reconforta su corazón, pero también es el toque
de clarín para el inicio de un trabajo, o más bien de una misión, que no
terminará nunca hasta el último de sus días.
Porque madre es ese ser que estará pendiente siempre de su hijo o sus hijos,
si comió, si está bien de salud, si estudió, con quién se junta, con quién sale,
cómo se prepara para la vida y, aunque las excepciones sólo confirman la
regla, la verdadera madre quisiera asumir para ella todos los pesares que la
vida depare a sus hijos.
Por eso, hablar de un día de las madres es tan contradictorio como establecer
para las madres un día de los hijos, porque la madre verdadera está siempre
presente para sus hijos, todos los días del año, todos los minutos del día,
aunque algunos sólo se percaten de esta presencia universal el día que dejen
de tenerla.
El homenaje es válido, aunque ellas se lo merezcan todo el tiempo. En especial
las madres que multiplican su tiempo para trabajar, estudiar, atender la familia,
defender la Patria y cumplir las complejas tareas que la sociedad les
encomiende, sin dejar de pensar siempre en sus hijos o sus nietos.
Hay jóvenes que aún no tienen hijos, pero son madres en capullo y merecen
también disfrutar este día. Hay hijos que ya no tienen a su lado a su mamá y
este día les traerá una mezcla de alegría y dolor, de recuerdos agradables y
tristes, de lágrimas y sonrisas, pero siempre será un día de amor.
Hay abuelas, cada vez más en nuestra población envejecida, que tienen doble
motivo para estar felices este día, porque han cumplido dos veces su papel de
madre. De la misma manera que los nietos este día tendrán que multiplicar su
afecto, pues tienen más de una madre que festejar.
El amor de las abuelas es amor de madre potenciado, con la misión
autoimpuesta de darle a los nietos lo que sus obligaciones de trabajo, estudio o
situaciones económicas no les permitieron darles a sus hijos. O, sencillamente,
darles todo el cariño porque sí, porque sienten doble el sentimiento de madre.
Madres cubanas son también las de la Patria, las que como Mariana Grajales
dijeron a sus hijos ¡Empínate, que ya es hora de salir a la manigua!, las que
decidieron postergar sus aspiraciones personales para asaltar el Cuartel
Moncada como Haydée Santamaría o Melba Hernández, y las combatientes
clandestinas urbanas o guerrilleras en las montañas orientales.
Son igualmente las que con una lagrima furtiva despidieron con valentía en la
casa al hijo que partía a luchar en tierras africanas sin saber si lo volverían a
ver vivo, o fueron ellas mismas como combatientes, y no menos meritorias las
que apoyan en la retaguardia familiar a sus hijos en misiones internacionalistas
o de colaboración, aunque estén en peligro en un contingente médico
combatiendo epidemias o atendiendo pandemias en otros países.
Pero también son las de todos los días, las que inventan platos en la cocina
con lo que aparece, sin rendirse ante los intentos de Estados Unidos por
asfixiarnos, y alientan a sus hijos a ser cada vez mejores, sin perder la
esperanza de que un mundo mejor es posible. Son las que hacen hoy las
colas, fabricaron nasobucos con sus manos hábiles para proteger a la familia
durante la pandemia.
Madres y abuelas, vivas o no, sirva este día para que les demos a todas un
beso virtual, el mismo que tantas veces les dimos cuando podíamos apretarlas
contra nuestros pechos o desde que empezamos a balbucear mamá pegados a
su seno.
Esta fecha es de alegría, como alegres han enfrentado nuestras madres todas
las dificultades de la vida. Alegres entonces, démosles a todas las madres este
beso virtual, sabiendo que nunca será suficiente para expresarles nuestro amor
y que el amor recibido será siempre reciprocado con mucho amor.

