Venezuela prueba que EE.UU. no es lo fuerte que dice Trump 

El mundo se ha escandalizado con la invasión militar a Venezuela con fines de secuestro del presidente Nicolás Maduro, ordenada por el mandatario Donald Trump y ejecutada el 3 de enero por tropas especiales que descendieron en Caracas y provocaron más de un centenar de muertos.

Trump y su círculo cero lo presentaron al mundo como una gran victoria del país más poderoso de la Tierra, pero todos ellos saben que no es así, y que se trató de una operación desesperada por la debilidad y el miedo que no los deja dormir porque sienten bajo sus zapatos el movimiento telúrico de un cambio de época que se está sintiendo con mayor resonancia en Estados Unidos.

LOS SÍNTOMAS DE LA DECADENCIA

No es que exista una conspiración universal contra ese gran país del norte, ni siquiera contra su gobierno, que hasta sus aliados rechazan y critican, sino porque les ha tocado gobernarlo cuando los síntomas de decadencia ya no se pueden ocultar, y ponen a la luz pública que el combustible de esa debilidad es el petróleo, el cual sintetiza el agotamiento de un sistema socioeconómico incapaz de dar respuesta por sus propios valores a los problemas generados per se. Lo más patético es que no tienen una forma, un método, para solucionar sus problemas y miedos, distinto a la fuerza bruta.

Quieren ocultar esa realidad bajo un manto de fortaleza que no tienen en el grado que les haría falta para rescatar un hegemonismo ya perdido, que los lleva a la desesperación.

El plan de invadir y secuestrar a Nicolás Maduro fue maquiavélico, como lo es también el deseo de insistir en esa estrategia con otros países, pues han roto los factores de diálogo, mientras las empresas petroleras estadounidenses y fabricantes de armas siguen alentando la violencia y el robo como bandoleros asaltantes de diligencias en el oeste americano.

TEMEN NO CONTROLAR EL PETRÓLEO DE VENEZUELA Y MÉXICO

Su mayor temor, han confesado, es no poder controlar el petróleo de Venezuela y México, que siempre los consideraron como parte de sus reservas estratégicas, ambición que mantuvieron hasta la presidencia en Venezuela de Rafael Caldera y en México de Enrique Peña Nieto.

En el primero, un joven militar, teniente coronel, Rafael Hugo Chávez Frías, se les apareció como un fantasma, y en México un estratega político, Andrés Manuel López Obrador, los bajó de aquella nube y ambos los obligaron a poner los pies en la tierra.

Chávez y López Obrador gobernaron en un contexto diferente e incluso contribuyeron, cada uno según sus perspectivas y realidades de sus países, a construir un nuevo mundo con relaciones sociales, políticas, económicas y comerciales, sobre los escombros de las que encontraron en sus respectivos mandatos.

Contribuyeron al cambio que se estaba experimentando a nivel planetario y dieron una batalla crucial en el terreno petrolero como frente principal de una lucha histórica en favor de la soberanía, la independencia y la autodeterminación, en la cual sabían que los intereses de Estados Unidos saltarían como muelles de un viejo sofá, para que el hidrocarburo más cercano a sus fronteras, y más barato, permaneciera en los inventarios de su reserva estratégica. Pero no fue así.

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