Que las víctimas sepan bien quién es su verdugo

Que las víctimas sepan bien quién es su verdugo

Ser de un pueblo que se supone instruido y preparado para pensar acertadamente, es algo que merece ser disfrutado, cuidado y cultivado. Merece que contribuyamos a que no deje de crecer esa realidad, pero no para idealizarla y acomodarnos a la idea de que todos los desafíos de pensamiento están resueltos o vencidos de antemano. Todo pueblo es, por definición, heterogéneo.

Dar por sentado que decir las verdades unas cuantas veces basta para asegurarles el lugar que les corresponde, puede llevar a dejarlas mal defendidas. El primer camino para apoyarlas está en los hechos, pero es sabido —o debe saberse— que decir bien es una forma de actuar, y no la menos valiosa.

Lo que se oye en las calles, públicamente y cada vez con menos recato, mueve a considerar que la conciencia colectiva sobre la causa mayor de las penurias que asedian a Cuba no es tan unánime como tantas evidencias de la realidad cabrían llevar a suponer que lo es y, sobre todo, a exigir que lo sea. Hay indicios que mueven a temer que el conocimiento de la causa aludida no es tan sólido como la defensa de Cuba exige.

Diversas manifestaciones ratifican sin lugar a dudas el apoyo de la mayoría del pueblo a los afanes revolucionarios que durante más sesenta años han buscado darle al pueblo el bienestar a que tiene derecho. Pero eso no garantiza que horas después no encuentre uno a personas que, con su estado de ánimo y sus opiniones, al menos en apariencia puedan aflojar la solidez del apoyo.

Que solamente lo hagan con fisuras mínimas o pasajeras, no debe restar peso a la preocupación que tal mengua debe generar, sobre todo cuando se sabe que no pocas de esas personas han participado por convicción en las manifestaciones mencionadas. No estar lo bastante advertidos sobre esos hechos como para no pasar por alto su significación ni renunciar a revertirlos, puede deberse a distintos motivos.

Entre los primeros estarían la idealización y el acomodamiento aludidos al inicio, pero no serían los únicos. Otros pudieran estribar en desconocer el efecto que hayan tenido sobre la conciencia colectiva e individual las casi siete décadas de propaganda enemiga llevada a cabo sin pausa y sin tregua, con recursos poderosos y, sobre todo, con la mayor desvergüenza. Precisamente para buscar que el pueblo se desentienda cada vez más de la obra revolucionaria, y deje de apoyarla.

De tan cotidiana y machacona, esa propaganda puede acabar sustituyendo a la realidad o, por lo pronto, solapándola. Va siendo frecuente que no solo enemigos de la Revolución hablen de las dificultades que vive Cuba, y ni de pasada se refieran al bloqueo. Es un silencio que apunta a insuficiente consideración del significado de ese engendro, que —instaurado poco después del triunfo revolucionario— constituye una verdadera guerra económica, reforzada recientemente con el brutal cerco urdido para que Cuba no disponga de recursos energéticos vitales, y calzado con amenazas de agresión militar.

No denunciar ese resueltamente crimen genera formas de complicidad con él, y el hecho de que tal complicidad sea involuntaria, o fruto de la desprevención, no la hace menos peligrosa, sino acaso más. En eso vale pensar cuando dentro de Cuba hay quienes se quejan de los apagones, de la escasez de alimentos y medicinas, y de los agobios causados por la pobreza de medios de transporte, como si fueran males ajenos al bloqueo.

Así, aunque no sea más que por omisión, acaban responsabilizando de sus penurias al propio país, a su gobierno. Y esa actitud no es peligrosa únicamente por el gran escollo externo que oculta, sino también porque debilita la capacidad de análisis necesaria para encarar eficazmente los escollos internos.

La propaganda enemiga y la prolongación de las penurias pueden contribuir a que prospere lo que cabría ver como callosidades cognitivas, expresiones de una insensibilidad política que merma el poder de entendimiento y la visión indispensables para comprender la realidad y enfrentarla con acierto.

Duele oír a padres y madres que se quejan de que sus hijos no han dormido bien por falta de energía eléctrica que les permita disfrutar de ventiladores para enfrentar el calor, y que van a la escuela somnolientos y con una merienda que, además de escasa, incluye algún refresco que a veces ni consiguen tomarse porque, aunque tuvieran vasijas térmicas en que llevarlos, no pudieron sacarlos fríos de la casa. Pero si esa realidad duele por sí misma, el dolor se acrecienta cuando el padre o la madre, o ambos, dicen cosas como que eso es un abuso, o que es abusivo “lo que tienen con sus hijos”, pero no dejan asomar la idea de que saben quién es el abusador.

Que en medio de apagones haya grupos, aunque sean minoritarios, capaces de organizar cacerolazos de protesta, pero no contra el gobierno de los Estados Unidos, debería llevar a que nos preguntemos cómo es posible que en un barrio haya tantas personas que desconocen o parecen desconocer la realidad. En semejante entorno, dar por legítimo el derecho a la protesta y no dejar claro contra quiénes o contra qué es justo protestar, genera más confusiones que caminos para el buen entendimiento.

Sin que esto se tome como un llamado a quebrantar normas diplomáticas cuya violación daría más pretextos a los enemigos de Cuba para asediarla, y agredirla, vale pensar por qué parece que a nadie se le ha ocurrido de verdad organizar un cacerolazo frente a la Embajada de los Estados Unidos.

Para no circunscribirlo a un entorno contrario a los protocolos diplomáticos, el cacerolazo podrían llevarlo a cabo el pueblo revolucionario y sus organizaciones, con carácter nacional, a lo largo y ancho del país, con sonados lemas patrióticos y antimperialistas. Atinadamente alguien ha sugerido que se haga como con los aplausos que durante meses cada noche, a una hora determinada, rendían tributo al personal de la salud que protagonizó páginas heroicas contra las andanadas de la covid-19.

Aunque unos y otros sean apreciablemente esclarecedores, no parece aconsejable asumir que un par de discursos trasmitidos por radio y televisión, y otros tantos artículos de prensa escrita, bastan para asegurar el mejor conocimiento de la realidad y los desafíos y peligros asociados a ella.

Resulta ineludible tener en cuenta que, por distintas causas y en apreciable medida, hace años que los medios públicos de comunicación vienen coexistiendo con medios abiertos a la gestión individual y a la propiedad privada —como las redes sociales—, y a menudo son remplazados por ellos. Añádase que el déficit de energía eléctrica favorece que disminuya el influjo ejercido por los medios públicos.

En ese contexto ocupan cada vez mayor espacio las redes mencionadas, de las que puede decirse que ya son insustituibles, y útiles según se les emplee, pero visiblemente hacen honor a su nombre: enredan. Y no solo por la sobreabundancia y la complejidad de la información o desinformación que propalan, sino por la banalidad, el caos y el bajo nivel de responsabilidad social que a menudo muestran.

Para no hablar del desastre lingüístico abonado o agravado por ellas, a partir de lo que se revela como insuficiencia o falla en los planes de instrucción colectiva. Esto parece ser un mal internacional, pero no debemos sucumbir a lo de mal de muchos, consuelo de tontos.

En semejante encrucijada, es necesario que los medios públicos intensifiquen su labor con dedicación y sabiduría. No se trata de reproducir, aunque sea para refutarlas, las mentiras que los enemigos de Cuba propagan contra ella y contra todo lo que ella hace, por muy acertado que sea. De ese modo se termina amplificando tales mentiras. Pero, en cambio, urge reproducir del modo más inteligente posible —textualmente cuando sea lo indicado— las confesiones con que esos enemigos se autorretratan en su condición de asesinos que cometen hechos de lesa humanidad.

Es el caso de las declaraciones con que, a la vez que intentan negar la existencia del bloqueo, personeros de ese crimen alardean de que están haciendo todo lo posible para que a Cuba no le llegue ni un litro de petróleo. Creer que basta reproducir esos cínicos discursos unas pocas veces, se da de cachetes con evidencias varias, como entrevistas que, hechas en la calle, muestran que hay personas, y no pocas, que no se han enterado de esas declaraciones.

Sería provechoso indagar qué factores propician que exista ese grado de desconexión de la realidad. Las causas podrían ser varias, y no se deben descartar los efectos propios de la falta de combustible que empobrece las vías necesarias para lograr una comunicación social plenamente efectiva. Tampoco se debe ignorar el desinterés que pueda estar produciendo en parte de la población la inercia de una realidad que, de tan prolongada, para algunos pudiera acabar siendo invisible, a despecho del peso de los grandes daños que ocasiona. Y eso remite a los propósitos explícitos del bloqueo.

Todo llama a desarrollar estrategias válidas para lograr una comunicación social de veras solvente, que combine eficazmente reiteración y mesura, capacidad para repetir sin descanso ni complejos —el enemigo no los tiene a la hora de calumniar a Cuba—, y sin generar uno de los obstáculos más peligrosos que pueden atravesarse en el camino de la prédica revolucionaria: el aburrimiento. Sobre todo, sin olvidar que el peligro mayor es el desconocimiento o insuficiente conocimiento de la realidad.

Esa norma debe aplicarse con mayor inteligencia y resolución cuando se trata de asegurar que el pueblo —la más amplia cantidad de sus integrantes, cuando no sea posible su totalidad— tenga bien claro quién es su verdugo. No es cuestión de conocer por conocer, sino de alcanzar la preparación más cabal posible para luchar contra el verdugo, e impedir que sus mentiras infecten el pensamiento del pueblo llamado a encararlo.

Para realidades y exigencias de esa índole, de esa importancia, parecen pensadas estas palabras que José Martí escribió en 1878, cuando el término propaganda no había caído en el desprestigio con que algunos prefieren asociarlo: “Hay propagandas que deben hacerse infatigablemente, y toda ocasión es oportuna para hacerlas” (VI, 163). Cumplir una tarea demanda que se tenga y se ejerza lo que el propio Martí llamó “el don de propaganda, de esparcir, de comunicarse, de meterse por el mundo” (V, 51).*

En un planeta infectado por una derechización galopante, capaz de abrirle caminos al fascismo y engendrar pobres reaccionarios y cómplices de sus opresores, lo que se decide es demasiado serio para permitirnos desconocer o menospreciar la realidad.

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