Más allá de las normas: La Responsabilidad Social como estrategia de valor en las organizaciones cubanas

Más allá de las normas: La Responsabilidad Social como estrategia de valor en las organizaciones cubanas

En Cuba, la responsabilidad de las empresas con la sociedad ha sido una práctica arraigada en la idiosincrasia nacional, casi siempre ejercida desde la espontaneidad y la buena voluntad. Sin embargo, en el escenario actual, donde coexisten múltiples formas de gestión económica, la pregunta ya no es si las organizaciones deben ser socialmente responsables, sino cómo planificar, documentar y medir esa responsabilidad para convertirla en un activo estratégico.

Cuando hablamos de la relación entre una organización y su entorno, es común escuchar las siglas RSE, que significan Responsabilidad Social Empresarial, pero en el contexto cubano, el término puede quedarse corto. A los efectos de este artículo hablaremos de Responsabilidad Social en las Organizaciones, un concepto más amplio que incluye no solo a las empresas, sino también a servidores públicos, cooperativas, mipymes y pequeños negocios privados; es decir, todas las formas de gestión económica y social.

Para que realmente transforme realidades, genere valor para la organización y contribuya al desarrollo sostenible del país, la responsabilidad social no puede seguir siendo solo un acto espontáneo; debe ser planificada, documentada, medida y comunicada estratégicamente. Esto implica transitar de la buena voluntad a la gestión profesional, reconociendo que la RS bien implementada le aporta beneficios documentados a la entidad para la construcción de imagen, posicionamiento, reputación, ventaja competitiva y fidelización de públicos.

¿Qué entendemos por Responsabilidad Social? 

La responsabilidad social no es un todo, se despliega en tres dimensiones interconectadas que deben ser gestionadas de manera integral:

Dimensión económica: Por supuesto se refiere a la rentabilidad, producción, planificación, pero también a cómo la organización genera valor compartido. Incluye transparencia financiera, políticas anticorrupción, la ética en la cadena de suministro, el desarrollo de proveedores locales y la contribución al desarrollo económico del territorio.

Dimensión social: Se centra en el impacto de la organización en las personas, en condiciones laborales justas y seguras, en el respeto a la diversidad e inclusión, la formación y desarrollo de los empleados, el equilibrio entre la vida personal y laboral, así como la inversión en las comunidades locales o la atención a grupos vulnerables.

Dimensión ambiental: La organización impacta en el entorno natural, un ejemplo muy recurrente hoy sería la gestión de residuos, la eficiencia energética, la reducción de la huella de carbono, el uso de materiales sostenibles y la adopción de principios de economía circular .

Para guiar este camino, existe un referente internacional indiscutible: la Norma ISO 26000:2010, Guía de Responsabilidad Social. 

Aprobada por la Organización Internacional de Normalización (ISO) en 2010, con la participación de expertos de más de 90 países, esta norma proporciona a las organizaciones, sin importar su tamaño o ubicación, directrices armonizadas a nivel global para operar de manera socialmente responsable. No es una norma de certificación, sino una guía para ir más allá del cumplimiento legal. Al respecto, el economista cubano Fernando Díaz González ha señalado que «la responsabilidad social empresarial brinda una alternativa viable hacia el desarrollo que, de ser interiorizada en las dinámicas organizacionales, propicia la cristalización de la imagen corporativa, la fidelización de los clientes y eleva la calidad de vida de los trabajadores».

La norma de referencia, estructura la responsabilidad social en torno a siete principios que deben guiar la actuación de cualquier organización: rendición de cuentas, transparencia, comportamiento ético, respeto a los intereses de las partes interesadas, respeto al principio de legalidad, respeto a las normas internacionales de comportamiento y respeto a los derechos humanos. 

A su vez, identifica siete materias fundamentales sobre las que cualquier organización debe actuar: gobernanza organizacional, derechos humanos, prácticas laborales, medio ambiente, prácticas justas de operación, asuntos de consumidores, y participación activa y desarrollo de la comunidad.

La responsabilidad social en Cuba: de lo espontáneo a lo estratégico

En nuestro país, esta responsabilidad tiene profundas raíces, en la idiosincrasia del cubano, en los genes de la sociedad construida desde sus cimientos, declarada en la Constitución y respaldada por un marco legal en constante actualización.

Un ejemplo claro es la Resolución 201 del Ministerio de Finanzas y Precios (2023), que permite a las entidades crear reservas voluntarias para fondos de Responsabilidad Social destinados a transformar barrios vulnerables, apoyar la recuperación ante desastres naturales, o ayudar a trabajadores en la reparación de viviendas.

En agosto de 2024, un paquete de nuevos decretos-leyes introdujo explícitamente el concepto de responsabilidad social empresarial para todos los actores económicos no estatales. La idea es clara: todos los que hacen economía en el país tienen un compromiso con el desarrollo de la nación.

Sin embargo, contar con un marco legal no es suficiente. La verdadera transformación ocurre cuando las organizaciones trascienden el cumplimiento normativo y adoptan la responsabilidad social como una estrategia de dirección. Como advierte un reciente monitoreo en América Latina, si bien muchas empresas ejecutan acciones con impacto positivo, solo el 36,4% cuenta con una política formal alineada a su plan estratégico, mientras que el 27,3% actúa de forma parcial sin planificación ni medición sistemática.

¿Por qué planificar y medir la responsabilidad social? 

Porque cuando se gestiona estratégicamente y siguiendo los principios de la ISO 26000, genera beneficios tangibles e intangibles para las organizaciones, tales como:

Construcción de reputación e imagen de marca: Las empresas que comunican con transparencia sus acciones responsables generan mayor confianza entre sus públicos. La credibilidad se logra con una trayectoria documentada y verificable .

Ventaja competitiva y diferenciación: En un mercado donde cada vez más actores económicos compiten por clientes, inversores y talento, la responsabilidad social se convierte en un factor de diferenciación. Los consumidores, especialmente las nuevas generaciones, prefieren marcas cuyos valores se alinean con los suyos.

Atracción y retención de talento: Los profesionales de hoy buscan trabajar en organizaciones con propósito. Una estrategia de RSE sólida mejora el clima laboral, el sentido de pertenencia y la motivación de los equipos.

Fidelización de clientes y públicos: Las relaciones con los públicos y grupos de interés, se fortalecen cuando existe un diálogo transparente y un compromiso verificable. La decisión de compra, en sectores cada vez más amplios, está influenciada por el comportamiento ético y responsable de las organizaciones.

Acceso a inversión y financiamiento: Los criterios ambientales, sociales y de gobernanza, ESG por sus siglas en inglés, son cada vez más relevantes para inversores y entidades financieras. Las organizaciones que reportan su desempeño sostenible tienen mayores oportunidades de acceder a recursos.

Prevención del «lavado de imagen»: Medir y reportar con rigor evita que las acciones responsables sean percibidas como meras operaciones de relaciones públicas. La transparencia es la mejor garantía de autenticidad.

Mejora continua y toma de decisiones: Los indicadores permiten identificar áreas de mejora, optimizar recursos, gestionar riesgos y descubrir nuevas oportunidades de negocio alineadas con la sostenibilidad.

De la espontaneidad a la gestión: ejemplos que marcan el camino

En Cuba existen prácticas que demuestran cómo avanzar hacia una responsabilidad social más estructurada. En Camagüey, la Empresa de Productos Lácteos puso en marcha once casas lácteas que ofrecen comidas a precios módicos para personas en situación de vulnerabilidad. En La Habana, la Empresa Encomil ha reparado centros de alimentación para ancianos, atendido consultorios médicos y ayudado a escuelas a resolver problemas con el suministro de agua.

En el sector privado, la mipyme Jolyni donó más de ocho toneladas de sémola a una empresa estatal para garantizar la producción de pastas alimenticias para niños con necesidades dietéticas especiales. Ekoimagen lidera un proyecto cultural en La Habana Vieja para fortalecer valores en la niñez y trabaja en la inserción laboral de personas con discapacidad.

Estas acciones, aunque valiosas, representan aún un escalón intermedio en el camino hacia la gestión estratégica. El siguiente paso es documentar, medir y comunicar estos esfuerzos y sus resultados con indicadores que permitan evaluar su impacto real y su contribución tanto al bienestar social como a los objetivos organizacionales.

¿Cómo planificar y medir la responsabilidad social? 

Para transitar de la espontaneidad a la estrategia, las organizaciones pueden seguir una ruta metodológica estructurada, alineada con las recomendaciones de la ISO 26000:

Definir indicadores relevantes (KPIs): Ambientales (huella de carbono, consumo de agua y energía, gestión de residuos, porcentaje de reciclaje); Sociales (condiciones laborales, diversidad e inclusión, formación de empleados, inversión en comunidad); Económicos/Gobernanza (transparencia financiera, políticas anticorrupción, rendición de cuentas, ética en cadena de suministro).

Recopilar datos precisos y fiables: Fuentes internas (facturas, registros, encuestas) y externas (auditorías, certificaciones).

Analizar resultados y comparar: Comparación interna (evolución en el tiempo) y externa (con otras organizaciones del sector) permiten contextualizar el desempeño.

Informar con transparencia: Un informe de sostenibilidad no es un folleto de marketing; es un documento que presenta logros, desafíos y objetivos futuros.

El marco legal cubano, un aliado para la planificación

En este camino hacia la gestión estratégica, la Ley 162 de Comunicación Social, aprobada en 2023, se convierte en un aliado fundamental al establecer los principios para la gestión de la comunicación en las entidades. Esta ley reconoce la responsabilidad social como un eje transversal para la planificación estratégica, la transparencia y el diálogo permanente con los públicos de interés. No se trata solo de «hacer» acciones sociales, sino de comunicarlas con propósito, rendir cuentas y construir vínculos de confianza duraderos.

La Ley 162 ofrece un marco para que las organizaciones —sean estatales, privadas, cooperativas o comunitarias— desarrollen estrategias de comunicación que visibilicen sus prácticas responsables, pero también que establezcan mecanismos de retroalimentación con sus públicos. La comunicación, en este sentido, no es el fin sino el medio para construir relaciones basadas en la confianza.

Desafíos y oportunidades

El camino hacia la gestión estratégica de la responsabilidad social en Cuba enfrenta desafíos importantes. Aún se manifiesta resistencia a establecer alianzas más sólidas entre lo estatal y lo privado, o a realizar acciones que antes no estaban explícitamente autorizadas. Como señala el profesor Adriel Calá, se necesita una estrategia y, sobre todo, una cultura de responsabilidad social que se eduque desde las bases, desde los documentos rectores de cada entidad.

La investigación de la Red Cubana de Economía Social y Solidaria confirma que los emprendimientos socialmente responsables generan empleos dignos, cuidan el medioambiente y atienden a personas en situación de vulnerabilidad. El reto es sistematizar estas experiencias, documentarlas, medirlas y convertirlas en políticas institucionales que trasciendan la voluntad individual de sus líderes.

Construir una cultura de planificación y mejora continua

La Responsabilidad Social en las Organizaciones cubanas es una práctica que se nutre tanto de un marco legal en constante actualización como de una tradición de solidaridad y justicia social. La adopción de marcos internacionales como la ISO 26000:2010 ofrece una hoja de ruta probada para transitar hacia la gestión estratégica.

Como afirman los especialistas, «no se puede gestionar lo que no se mide». El proceso de medir y reportar, en sí mismo, es un ejercicio de diagnóstico que fortalece a la organización, porque obliga a definir políticas y métricas, asignar responsabilidades y sistematizar la recolección de datos.

Lo esencial es que, en una sociedad que piensa primero en el ser humano, la responsabilidad con el entorno es un principio que se abre camino en todas las formas de gestión. Pero para construir una economía más humana y un país más resiliente, ese principio debe traducirse en estrategias planificadas, acciones documentadas, impactos medidos y resultados comunicados con transparencia. Solo así la responsabilidad social dejará de ser un acto espontáneo para convertirse en un verdadero motor de desarrollo sostenible.

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