Hablar de José Martí como Mayor General del Ejército Libertador cubano suena extraño para quienes lo identificaron siempre como el Héroe Nacional, el Apóstol o el Maestro, pero con ese alto grado militar murió el 19 de mayo de 1895 en su primera carga contra soldados del colonialismo español.
Sus ideas y su ejemplo han guiado a todas las generaciones de cubanos empeñados en hacer de su Patria una nación independiente de todo dominio o injerencia extranjera y construir una nación con todos y para el bien de todos.
En su corta vida fue capaz de proyectar un ideario que ha servido de guía para todos los que en nuestra rica historia levantaron sus banderas contra la opresión y la injusticia, y lo sigue siendo para las actuales generaciones de cubanos que no permitirán nunca una nueva ocupación imperialista como la que nos dejó en 1902 una república mediatizada y una base militar.
En el centenario de su natalicio fueron las banderas levantadas por el joven líder Fidel Castro Ruz las que condujeron al asalto de los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Sus ideas sacadas del Presidio Modelo en la entonces Isla de Pinos escritas con zumo de limón fueron plasmadas en La Historia me Absolverá, y han guiado a la triunfante Revolución Cubana desde su triunfo en enero de 1959.
Con su ejemplo en la mochila nuestros combatientes derrotaron la invasión mercenaria en Playa Girón, pertrechados en sus trincheras vencieron el riesgo de un ataque nuclear en la Crisis de Octubre, derrotaron sus combatientes internacionalistas el apartheid en África, consolidando la independencia de Angola, de Namibia y de la propia Sudáfrica.
Ese mismo legado fortalece hoy de nuevo a nuestro pueblo en sus posiciones de combate, dispuestos a infligir una nueva derrota al mismo imperialismo norteamericano que denunció el Apóstol en 1895 en la carta inconclusa a su amigo mexicano Manuel Mercado, si decide invadir nuestro sagrado país.
La experiencia martiana de unificar entonces todas las fuerzas progresistas en el Partido Revolucionario Cubano, del cual fue su Delegado y máximo dirigente hasta su muerte, fue el embrión del cual nació el Partido Comunista de Cuba como máximo dirigente de la Revolución Cubana Pese a la recomendación en 1895 del Generalísimo Máximo Gómez de que permaneciera en la retaguardia, el compromiso de Martí, la moral de predicar siempre con el ejemplo, y el entusiasmo de participar en su primer combate por la libertad de Cuba, le hicieron marchar al frente sólo con su ayudante.
Era domingo, Gómez se dirigía hacia el campamento de Vuelta Grande, donde le esperaban su subordinado y apreciado amigo, el general Bartolomé Masó, junto al Delegado del Partido Revolucionario Cubano. Al mediodía los tres jefes hablaron a la tropa que los escucha con entusiasmo.
Poco después, ya en la tarde, una columna española dirigida por el coronel José Ximénez de Sandoval y compuesta por más de 600 efectivos, logra interceptar al campesino Carlos Chacón, quien había sido enviado en busca de artículos y comestibles para los hombres del Ejército Libertador.
Ante la amenaza de muerte el soldado se acobarda, traiciona, e informa al jefe español de la presencia de Gómez, Martí y Masó en los cercanos potreros de Boca de Dos Ríos, y de inmediato éste ordena el despliegue estratégico de sus hombres para enfrentar un posible ataque mambí.
En el campamento una patrulla avisa a Gómez de la presencia en los alrededores de una fuerte tropa enemiga y, a su orden, Masó al mando de trescientos jinetes sigue a la tropa del Generalísimo, y Martí marcha junto a los dos experimentados guerreros.
Al aproximarse al lugar, Gómez ordena a Martí que se quede atrás para protegerlo del fuego enemigo. La vanguardia española es sorprendida por el primer ataque de Gómez y resulta abatida, pero el resto de la columna responde con fuerza, obligando a los mambises a tocar retirada.
Ya separado del grueso de las tropas, Martí ordena a su ayudante, el joven teniente Ángel de la Guardia, marchar al frente y ambos realizan un movimiento que los acerca a una sección de la columna española oculta en la maleza en espera de las tropas mambisas. Al percatarse de la presencia de dos únicos combatientes en el lugar, los españoles abren fuego graneado. El teniente es derribado al ser impactado su caballo y José Martí cae mortalmente herido.
Tres disparos han alcanzado el cuerpo del Delegado. Uno de ellos penetró por el cuello y maxilar inferior del lado derecho, con salida por encima del maxilar superior del lado izquierdo cuyo labio queda destrozado; el disparo mortal le penetra por la parte anterior del pecho, al nivel del puño del esternón, el cual resulta fracturado y un tercero en el tercio inferior del muslo derecho y hacia su parte inferior, según la autopsia española que le realizan días más tarde.
El enemigo rápidamente se percata que ha ocasionado una importante baja a las tropas insurrectas a juzgar por las ropas que viste Martí, (saco oscuro y pantalón claro, sombrero negro de fieltro, calzado de borceguíes negros, y al cuello el cordón de su revólver de cabo de nácar) por sus documentos y la cantidad de dinero que lleva consigo. Se apoderan del cadáver y a pesar de la embestida de las tropas de Gómez resulta imposible rescatarlo.
Identificado el cuerpo por los españoles es atado a un caballo y conducido a Remanganagua, donde informan a la jefatura en Santiago de Cuba el resultado de las acciones y, con desprecio al cadáver del héroe caído, lo entierran sin ataúd y semidesnudo en una fosa en la tierra. Con parte del dinero sustraído de sus bolsillos la soldadesca compra tabaco y aguardiente y celebran la hazaña.
Ante tan terrible pérdida Gómez envía a su ayudante, el alférez Ramón Garriga a entrevistarse con el jefe enemigo del que desconoce nombre y grado militar y al que envía una carta personal para que le responda si Martí se encuentra prisionero, herido, o de estar muerto, el lugar donde se encuentran sus restos.
El valeroso mensajero es detenido, pero logra escapar a una muerte segura y la solicitud jamás fue contestada.
El mando español no quiere correr riesgos de confirmar una falsa noticia de esa magnitud y ordena al médico militar Pablo A. de Valencia se dirija a Remanganagua para exhumar el cadáver, identificarlo y prepararlo para su traslado a Santiago de Cuba. El 23 de mayo se realiza la exhumación y colocan sus restos en un tosco ataúd. Al conocer las tropas mambisas del plan español, preparan diferentes emboscadas en el camino para nuevamente intentar recuperar el cadáver del Delegado, sin poderlo lograr.
El 27 de mayo en horas de la mañana se procede al entierro de José Martí en el nicho 134 de la galería sur del Cementerio de Santa Ifigenia. Allí permanecen hasta el 24 de febrero de 1907, cuando son extraídos en ceremonia solemne y depositados en una urna de metal en el propio nicho, convertido en un pequeño panteón que sería conocido por el Templete. En ese lugar reposarán hasta septiembre de 1947 en que son llevados al Retablo de los Héroes y, en junio de 1951, depositados sus restos de manera definitiva en el nuevo mausoleo construido en este mismo cementerio.
La caída de Martí, en combate contra el colonialismo español y de cara al sol como siempre quiso, fue una pérdida irreparable para el desarrollo de la Guerra Necesaria cuya victoria fue frustrada por la intervención de Estados Unidos, tal como él había alertado el día antes de morir.
Sus ideas y su ejemplo germinaron a lo largo de la historia nacional, hasta que, Fidel Castro Ruz retomó las mismas banderas para comenzar a construir tras el triunfo del 1 de enero de 1959 la Patria que soñó Martí, enfrentada siempre al mismo enemigo del Norte.

