El pasado fin de semana se dio a conocer lo que constituye una redefinición de la política exterior estadounidense: la doctrina de la “Greater North America” o “Gran América del Norte” presentada en la sede del Comando Sur, ubicada en Doral, Florida, por el Secretario de Guerra, Pete Hegseth.
El nuevo mapa estratégico se difundió recientemente, pero fue presentado el 5 de marzo durante una reunión hemisférica de mandos militares y gobiernos alineados con Washington.
En sus declaraciones, el Secretario de Guerra, Pete Hegseth, enfatiza que Washington ha trazado un nuevo mapa estratégico integrando a todos los países al norte del Ecuador dentro de un “perímetro de seguridad inmediato” bajo liderazgo estadounidense: la «Gran Norteamérica», en español.
“Cada uno de estos países se ubica al norte de las dos principales barreras geográficas de esta región: la Amazonía y la Cordillera de los Andes”, remarca el Secretario de Guerra.
El planteamiento expuesto supone una redefinición geopolítica de esta parte del continente como zona de seguridad directa de Estados Unidos (EE.UU.), con implicaciones militares, económicas, tecnológicas y políticas de enorme alcance. Todo un discurso de «espacio estratégico integrado» de hegemonía imperialista.
Pero detrás del discurso oficial emerge algo mucho más profundo, pues esta nueva doctrina no sólo redefine el mapa estratégico del continente americano, sino que establece una línea directa con las más crudas tradiciones intervencionistas del imperialismo yanqui: la Doctrina Monroe con el Corolario Roosevelt y ahora, bajo una nueva fórmula, el Corolario Trump en más profundidad.
El propio Hegseth invoca explícitamente a Monroe durante su intervención, al afirmar que el objetivo actual es “hacer realidad ese viejo sueño en nuestro tiempo”.
LA DEFINICIÓN ESTRATÉGICA DE LA ¨GRAN NORTEAMERICA¨
Según lo presentado por Hegseth, esta definición estratégica incluiría todo territorio al norte de la línea ecuatorial, que pasa a integrar el perímetro estratégico estadounidense: “En el Departamento de Guerra, llamamos a este mapa estratégico la Gran Norteamérica. ¿Por qué?. Porque cada nación y territorio soberano al norte del ecuador, desde Groenlandia hasta Ecuador y desde Alaska hasta Guyana, no forma parte del «Sur Global». Es nuestro perímetro de seguridad inmediato en esta gran región en la que todos vivimos. Cada uno de estos países limita con el Atlántico Norte o el Pacífico Norte”.
Hablamos en esta región, además de Estados Unidos, de Canadá, México, los países de Centroamérica, todo el Caribe, Colombia, Ecuador, Venezuela, Guyana, territorios amazónicos septentrionales, hasta Groenlandia. Todo un mismo espacio de “seguridad hemisférica” bajo el estricto control militar y político estadounidense, “en este gran vecindario”.
Esto significa que Washington se reserva en esta zona el derecho de intervención preventiva, operaciones militares sin autorización regional, despliegue permanente de fuerzas, integración de inteligencia y control de infraestructuras críticas.
Para algunos analistas, el concepto recuerda al “Lebensraum estratégico” de las grandes potencias clásicas, un concepto geopolítico que define el territorio mínimo que un Estado considera necesario poseer o controlar para garantizar su supervivencia, seguridad nacional y autosuficiencia económica: regiones formalmente soberanas, pero consideradas indispensables para la seguridad nacional.
“En el Sur, es decir, al sur del ecuador, al otro lado de esta gran vecindad, fortaleceremos las alianzas mediante una mayor distribución de la carga. Esto les permitirá desempeñar un papel más importante en la defensa del Atlántico Sur y el Pacífico Sur, y en la protección de infraestructuras y recursos esenciales en colaboración con nosotros y otras naciones occidentales”, de acuerdo con el Secretario de Guerra.
La doctrina establece entonces dos niveles: al norte de la línea ecuatorial — zona de control directo — con aumento de presencia militar, coordinación operacional, interoperabilidad de fuerzas, vigilancia marítima y aérea permanente— y sur del ecuador — zona delegada — que implicaría traslado de costos militares, presión para el alineamiento político y externalización de la seguridad hacia gobiernos aliados. Se trata de una división imperialista clásica entre centro estratégico y periferia subordinada.
EL REGRESO DE “DEFENSA DE LA CUARTA ESFERA” COMO CONTROL HEMISFÉRICO
Uno de los elementos más reveladores del discurso del Secretario de Guerra fue el paralelismo explícito con la Segunda Guerra Mundial.
Hegseth invocó el renacimiento del enfoque de “Defensa de la Cuarta Esfera” (Quarter Sphere Defence), doctrina empleada durante el conflicto mundial para proteger el hemisferio occidental frente a potencias rivales.
Recordemos que, durante la Segunda Guerra Mundial, EE.UU.) militarizó el Caribe, estableció bases militares en decenas de países —desde Terranova hasta Brasil—, controló rutas marítimas y recursos estratégicos, subordinó economías latinoamericanas al esfuerzo bélico y estableció mecanismos de inteligencia conjunta, consolidando una red de control que perduró mucho después del conflicto.
“Esto es lo que hicimos en la Segunda Guerra Mundial. Así como hundimos barcos con torpedos en la Segunda Guerra Mundial, en el Departamento de Guerra lo llamamos la Defensa de la Cuarta Esfera. Y lo haremos de nuevo. Si de verdad nos importa nuestra seguridad nacional y si priorizamos la geografía, no podemos seguir como hasta ahora.”, afirmó Hegseth.
Hoy la lógica reaparece, pero con un enemigo redefinido: China, Rusia, la migración y los carteles de la droga, convertidos en categoría militar, junto con gobiernos no disciplinados a Washington.
En este esquema, el narcotráfico continúa funcionando como el lenguaje legitimador de la intervención y presencia imperialista.
La estrategia está diseñada para excluir a potencias extracontinentales, especialmente China, que en los últimos años ha incrementado su presencia comercial y de inversiones en la región. Pero también está concebida como política de sometimiento y dominación de los pueblos.
En tal sentido Peter Hegseth afirmó: “Cuando los adversarios controlan puertos o infraestructura en puntos estratégicos clave para el comercio estadounidense y hemisférico, como el Canal de Panamá — en una clara alusión a China —, o instalaciones militares a pocos kilómetros de nuestras costas, eso representa una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos y para la paz de este hemisferio”.
Para ello se avanza en la reorganización del mando continental, declarando como misión restaurar el dominio militar en el hemisferio, proteger el acceso a territorios clave e impedir la presencia de potencias rivales.
El Comando Sur —históricamente vinculado a invasiones como las de Panamá o Granada y, recientemente, a Venezuela— sigue siendo el laboratorio militar de esta estrategia en el continente; no es casualidad que Hegseth escogiera ese lugar para exponer la nueva estrategia imperialista.
La “Gran Norteamérica” es exactamente eso: una política de control hemisférico frente a competidores mundiales. En términos estratégicos, Washington busca crear algo similar a una “fortaleza marítima continental”, una combinación entre poder terrestre y poder naval [1]. Pero lo hace no en una época de ascenso, sino en momentos de declive. Estados Unidos necesita asegurar su retaguardia continental en medio de las disputas y conflictos internacionales.
LA GRAN NORTEAMÉRICA COMO ZONA DE CONTROL Y EXTRACCIÓN EN EL CONTINENTE
La política anunciada por el Secretario de Guerra no nace en el vacío. Entre 2025 y 2026 Washington ejecutó bombardeos en Venezuela, primero en su área marítima con ataques a embarcaciones calificadas como “narco-terroristas” y luego, el 3 de enero, en su territorio continental dentro de la Operación Southern Spear. También se han desplegado acciones militares en Ecuador, así como operaciones navales en el Caribe y en el propio Canal de Panamá, con la llegada reciente de un nuevo portaaviones.
Pero la doctrina de la “Gran Norteamérica” revela una contradicción central del imperialismo estadounidense: mientras EE.UU. pierde peso relativo a nivel mundial, intenta convertir América en retaguardia económica, reserva energética, plataforma militar y bloque político alineado.
El discurso de seguridad oculta la reorganización del continente como espacio bajo tutela política y militar y la construcción de un bloque hemisférico subordinado a Washington. De allí que la dimensión económica sea inseparable de la militar. El nuevo perímetro protege el litio andino, el petróleo caribeño, los minerales críticos amazónicos, las rutas energéticas y los corredores logísticos interoceánicos. En el sur, en particular el triángulo del litio, el paso bioceánico del Beagle y con Milei y ahora Kast en Chile, donde esperan avanzar, en lo que sería la «periferia» con respecto a la zona de seguridad inmediata.
Trump fue abierto al decir que el objetivo de la operación en Venezuela era “apoderarse de las reservas de petróleo y la infraestructura petrolera venezolana y transferirlas a empresas estadounidenses”. No podría haber una expresión más cruda del carácter neocolonial de esta política.
Cuba, por su parte, enfrenta las consecuencias directas de esta ofensiva. El bloqueo petrolero y económico que Estados Unidos mantiene sobre Cuba desde hace más de seis décadas se ha recrudecido, mientras que la administración Trump ha dejado claro que no escatimará recursos para asfixiar a la isla.
Frente al declive relativo de su hegemonía internacional, el imperialismo estadounidense intenta asegurar aquello que siempre consideró suyo: América Latina y el Caribe como patio trasero geopolítico. Cada vez que Washington redefine su seguridad continental, los pueblos del continente pagan el costo en soberanía, autodeterminación, asedio imperialista permanente y sometimiento de nuestros pueblos.
LA LUCHA DE CLASES Y CÓMO ENFRENTAR AL IMPERIALISMO
Frente a esta ofensiva imperialista, la cuestión estratégica para la clase trabajadora y los pueblos del continente vuelve a ser la misma que atravesó dos siglos de historia latinoamericana: cómo enfrentar una dominación que busca constantemente preservar su hegemonía a costa de nuestros pueblos.
Las luchas, como los millones que se movilizaron el pasado sábado 28 en Estados Unidos y otros países del mundo, así como las luchas que llevan a cabo los trabajadores y los pueblos de América Latina, muestran la disposición de dar pelea ante la pretensión imperialista.
El ejemplo de Venezuela está ante todos: Trump avanza en la imposición de un protectorado luego de los ataques militares del 3 de enero, llegando al extremo de que el país ha perdido incluso el control de sus propios recursos estratégicos, administrados ahora por el imperialismo.
Es el resultado concreto, político y económico, de la intervención militar estadounidense; es la cristalización de la estrategia imperialista en crisis que busca reorganizar su hegemonía hemisférica a sangre y fuego, tal como lo vimos con los bombardeos sobre Caracas y otras zonas del país. Cuba parece estar en la mira, si los pueblos del continente no le hacemos frente.
Si este régimen de protectorado se consolida en Venezuela, América Latina podría ingresar en una etapa de semicolonialismo administrado, donde la soberanía formal convive con el control externo directo sobre los recursos estratégicos. Más aún con la nueva política de Trump de constituir la “Gran Norteamérica”. Por eso es fundamental oponer resistencia a todo este plan imperialista estadounidense.
Luchar contra el imperialismo y su plan neocolonial, y contra sus agentes que en el terreno nacional lo aplican, es una de las peleas que hay que librar actualmente.
La solidaridad internacionalista, la organización de los trabajadores y la construcción de un movimiento antiimperialista continental son hoy más necesarias que nunca. Con los millones que marcharon en Estados Unidos y Europa contra el autoritarismo, la xenofobia y la guerra tenemos que unir fuerza los trabajadores y los pueblos del continente para derrotar esta ofensiva neocolonial trumpista.
En momentos en que Washington despliega toda su maquinaria militar y política para someternos: ¡Fuera el imperialismo de América Latina y el Caribe!
[1] Véase Tierra o mar: China, EE. UU. y el control de la economía mundial, de Oscar Weber
· Tomado de La Izquierda Diario

