El silencio informativo es trigo para el enemigo

Una de las normas que rigen la comunicación social a nivel global es brindar las informaciones de manera oportuna, en el tiempo adecuado, en especial las referidas a asuntos que gravitan en torno a la sociedad.

Es imposible sustraerse a esa norma comunicativa porque el avance de la tecnología permite la transmisión de las noticias y comentarios –falsos o verdaderos- sobre determinadas acciones en un corto tiempo.

En Cuba, a pesar de los avances tecnológicos y el uso que de ellos hace la población, los medios y las instituciones públicas, cuyas visiones son buscados por amplios segmentos de audiencias, sobre todo en asuntos fundamentales, dejan sin respuesta a una gran parte de las inquietudes ciudadanas.

En el mejor de los casos aparecen notas oficiales defectuosas, incompletas, y que dejan un amargo sabor a un público que por antonomasia es interesado en conocer al detalle lo que ocurre a su alrededor y más allá.

Aunque este fenómeno del secretismo en la prensa no es actual y se ha criticado hasta en los congresos del Partido Comunista y por los líderes principales de la entidad rectora de la comunicación, quizás sea más desafiante ahora, en una sociedad en red, sometida a una dura agresión mediática, con medios privados que responden a líneas editoriales que buscan el desmontaje de la Revolución.

De ahí la importancia de agilizar los procesos comunicacionales en las instituciones y los medios públicos para que obtengan un rango adecuado de credibilidad e impidan el trasiego inadecuado en las redes sociales de Internet de temas que pueden resolverse con información oportuna, incluso en muchos casos se demanda que sea instantánea, que satisfaga las interrogantes populares.

La vida demuestra que es preciso cambiar las actuales reglas de juego en la prensa nacional y la comunicación pública institucional o siempre estaremos en desventaja informativa e ideológica respecto a los medios que adversan el proyecto socialista.

Al cubano, por su idiosincrasia, le encanta —siempre ha sido así—, estar enterados de las noticias, y luego transmitirlas mediante uno de los medios más antiguos y peligrosos: el boca a boca. Cuando no está adecuadamente al tanto las informaciones se transmiten deformadas, por etapas, exageradas, o sin un sentido real. Esa propensión a correr la bola, que como sabemos ya no es solo patrimonio del cubano, no lo cambia nadie: ni una ley, ni un Instituto, ni una organización política. Su único remedio en la existencia de información y análisis oportunos y precisos.

Ante la actual situación de la nación cubana, inmersa en una crítica situación en su estructura económica y su superestructura social, es lógico que la ciudadanía esté preocupada por cualquier hecho que se mueva en torno al país. Y exige, porque es su derecho, una prensa y un sistema de instituciones públicas no sujeta a decisiones tardías, y en algunos casos, fallidas.

Jodedor por excelencia, el cubano —quizás para no sentirse derrotado— se burla de sus carencias materiales y espirituales. Ver el asomo de un barco en cualquier bahía cubana despierta interés, zozobra, alegría o aquel gesto que quiebra el espíritu.

Frente a las anteriores incertidumbres no pocos recuerdan el legado de comunicación directa y franca de Fidel, aquel hombre que siempre tenía una respuesta, o trataba de encontrarla con la compañía del pueblo, una forma de actuar que lo convirtió en un político de excelencia, porque podía, incluso, hasta transformar la angustia en esperanza. Así lo demostró todos los años que gobernó al país quizás no de manera perfecta, pero sí con la búsqueda de soluciones a graves problemas internos, y siempre acompañado de planes marcados por la esperanza.

Pero, como dijo Raúl, Fidel es Fidel, y es difícil encontrar alguien en capacidad de sustituir sus dotes y carismas comunicacionales, una misión que corresponde ahora a una institucionalidad revolucionaria, que junto a la prensa, debe ser tan ágil como sensible frente a una acumulación de asuntos pendientes sobre los cuales la ciudadanía siente la necesidad de estar informada de manera coherente, sabia, oportuna y creíble.

Hay que dejar atrás en una sociedad conectada a la aldea global y sometida a una severa agresión comunicacional las viejas prácticas del silencio como arma contra el enemigo o para evitar equivocaciones. La mayor de todas será el silencio frente a la insidia y la manipulación.

No puede seguir siendo práctica algunas veces, como para bajar la temperatura social, «soltar» alguna respuesta, con demasiado frecuencia poco pensada, creíble o capaz de apagar las dudas e incertidumbres.

Demeritan algunas declaraciones de determinados responsables institucionales sobre asuntos candentes, como la situación alimentaria, la grave problemática del Sistema Electro-energético Nacional, la falta de medicamentos, de agua, los persistentes basurales, la corrupción en la administración pública, la drogadicción en los jóvenes, o la falta de mayor dinamismo y protagonismo de las organizaciones de masas, entre otros.

Es muy importante que la mayoría del pueblo que afronta con dignidad los dramáticos efectos del cerco criminal de Estados Unidos y su combustión con los problemas y errores internos se reconozca en el liderazgo de sus instituciones, que en estas horas deben ser émulas de un verdadero paradigma de honradez, franqueza, empatía, valores y mucho, pero mucho amor hacia el sacrificado pueblo que le acompañó desde que era un joven abogado y ya expresaba su repulsa hacia los regímenes antidemocráticos que manipulaban el país junto a Estados Unidos.

La necesidad de un análisis profundo, honesto, sin tapar las manchas del sol, como el que se exige por estos días en plenos extraordinarios del Partido, se impone a todas las autoridades cubanas cuando de comunicación social se trata.

El pueblo necesita explicaciones amplias y actualizadas sobre los más disímiles temas, incluyendo sobre aquellos que, como la corrupción —el caso de la destitución y procesamiento judicial de Alejadro Gil lo ameritan más— y otros fenómenos deformantes, horadan la confianza de la ciudadanía.

Otro fenómeno que se ha entronizado en la prensa y el sistema institucional es el triunfalismo, que trasciende en eventos y análisis y terminó por anclar en los medios, convirtiéndose en una deformación, también señalada muy críticamente en los últimos congresos y otros debates del Partido.

¿Por qué destacar solo lo correcto y no mencionar lo que anda mal y puede
rectificarse?

El silencio y la tardanza en salirle al paso en los distintos espacios a asuntos que crean falsos espejismos en las redes analógicas y virtuales y que pueden ser desmontados en minutos con mensajes creíbles constituye uno de los peores errores de la comunicación social del país. 

Frente a la creciente hostilidad y amenaza imperial sobre Cuba y la crisis en que hemos derivado ya no bastan las repeticiones del discurso, sino la información profunda y el análisis riguroso y tiempo.

El Partido, como heredero directo de Fidel, y como principal impulsor de su legado en al año de su Centenario, está comprometido con convertirse en el más democrático del país, porque representa a todo el pueblo, ese pueblo que reclama mayor agilidad y transparencia, certidumbre y eficacia en la comunicación.

Como en tantos otros ámbitos de la vida cubana debemos hacer que coincidan las transformaciones en la comunicación con el concepto de Revolución de Fidel. Cambiar en esta todo lo que deba ser cambiado. Una comunicación que no llueva sobre mojado, sobre lo que el pueblo, en realidad, ya está empapado. Ello no significa una comunicación que lo vuelva un pueblo adecuada y honrosamente informado. 

No les demos más trigo a los enemigos. El silencio otorga.

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