José Martí: unidad ¿con todos?

La unidad, fuerza necesaria en un proyecto político, José Martí la cultivó en la lucha por la liberación nacional de su patria, sin predicar ni practicar lo que podría calificarse de asociación acrítica. No creía que los fines justifiquen los medios, y basaba su vocación unitaria en la honradez de principios y la limpieza de propósitos.

Pero a menudo se acude a su palabra para abogar, consciente o inconscientemente, por una unidad que vendría a ser una masa amorfa. Para ello se han buscado asideros en textos como la carta rimada que, con fecha del 24 de octubre de 1889, dirigió a su amigo Néstor Ponce de León. En ella, para rechazar la actitud que —por equivocación o malas intenciones— alguien le había atribuido, expresa:

Miente como un zascandil
El que diga que me oyó
Por no pensar como yo
Llamar a un cubano “vil”.

Era ajeno a los insultos personales —y a la irracionalidad del odio, lacra que tanto terreno podía infectar entonces e infecta hoy—; pero, tratándose de la dignidad humana y del destino de la patria, no rehuía el enfrentamiento necesario, que en otra carta esencial —remitida el 10 de abril de 1895 a Benjamín Guerra y Gonzalo de Quesada— definió en estos términos: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”.

Lo ratifican las estrofas dirigidas a Ponce de León, en la cual, con el parte aguas reforzado por el levantamiento del 10 de Octubre de 1868, sostiene:

Viles se puede llamar
A los que al lucir el sol
Del Diez, con el español
Fueron, temblando, a formar.
Los que al hombro los fusiles,
Negra el alma y blanco el traje,
Ayudaron al ultraje
De su patria—esos son viles.
Vil viene bien, y no menos,
Al que por la paga vil,
Mata el ánimo viril
Entre los cubanos buenos.
Con la masa

Fecha y espíritu ubican de lleno el texto en el combate ideológico y político que Martí libraba ante la que devendría Primera Conferencia Panamericana, patrocinada en el invierno de 1889-1890 por los Estados Unidos. Con apetitos de potencia imperialista emergente, ese país buscaba imponerle a la región un panamericanismo propio de su carácter, con instrumentos como la Doctrina Monroe, de 1823, reforzada en estos días con el “corolario Trump”. No era, ni es, el asociable con instituciones regionales del tipo de la Organización Panamericana de la Salud o competencias deportivas ya tradicionales.

Dado a la lucha en el terreno de las ideas, no a las diatribas, Martí caracterizó y rechazó, en bloque, a quienes se oponían a la independencia de su patria. En su testamentaria carta póstuma a Manuel Mercado repudió a los anexionistas y autonomistas con términos que esencialmente los igualaban.

Si podía considerar que “la actividad anexionista” era menos peligrosa, no sería porque la estimase menos dañina, sino porque le concedía menor posibilidad de éxito que a la autonomista. Sabía que ni la orientación cubana mayoritaria favorecía el anexionismo, ni este era el propósito de una nación que no aspiraba a recibir a Cuba como un estado más, sino a uncirla como colonia, ambición a la que no ha renunciado.

En aquel contexto, el autonomismo podía introducir contra el proyecto independentista un elemento disuasorio con la falsa idea de que bastaría obtener algunas concesiones de la metrópoli, España. Pero en Cuba primó la radicalidad combativa inaugurada en el fundador 1868, que marcó a fuego el rumbo de sus ideales, y Martí cultivó.

En Puerto Rico, las taimadas “promesas de autonomía” hechas por España —contra las que Martí desplegó en Cuba una campaña que fortaleció las bases para el alzamiento del 24 de Febrero de 1895—, neutralizaron apreciablemente los afanes independentistas.

Esa realidad favoreció dos hechos: de un lado, varios hijos de Puerto Rico hallaron su camino para la lucha emancipadora en la causa cubana; del otro, la intervención estadounidense consumada en 1898 para menguar la independencia de Cuba sumió a Puerto Rico en el régimen colonial que aún hoy padece.

Martí sabía que, cualesquiera que fuesen los matices que los diferenciaban, en Cuba el gran escollo que el movimiento patriótico debía encarar y vencer lo componían tanto anexionistas como autonomistas, junto con el integrismo de los abiertamente plegados al poder español. Esas fuerzas, antinacionales, acatarían la voluntad estadounidense.

En la citada carta a Mercado retrató Martí a las cúpulas anexionista y autonomista, esencialmente igualadas en la caracterización que hace de ellas, aunque, por las razones apuntadas, la subrayara a propósito de la segunda: “la especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le piden sin fe la autonomía de Cuba, contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,—la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,—la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

CLARIDAD EN LOS IDEALES UNITARIOS

No meramente por tener un pensamiento distinto del suyo calificaría Martí de vil a un compatriota. Pero, para quienes estaban dispuestos a servir a intereses extranjeros que les calzaran sus mezquinas ambiciones personales, y de clase, o a proceder contra su pueblo, no escatimaba la desaprobación más radical. Esa actitud fue brújula en todo su empeño por lograr la unidad que el movimiento independentista necesitaba para no estar condenado a la repetición de reveses que ya habían sido harto costosos.

Entre las cartas dirigidas a Ponce de León y a Mercado se ubica un discurso esencial para entender a fondo el alcance del proyecto unitario martiano. Lo pronunció el 26 de noviembre de 1891 en Tampa, al calor de pasos decisivos hacia la proclamación del Partido Revolucionario Cubano el 10 de abril del año siguiente.

A veces se cita, con mayor o menor grado de conciencia, de buena o mala fe, como si fuera expresión de lo que podría considerarse una unidad abstracta o sin riberas, para decirlo parafraseando el título de un conocido ensayo del siglo XX sobre el realismo en el arte. Los límites reconocidos por el propio Martí a la unidad que sabía necesaria, y buscaba, eran y son precisos.

Mentís tras mentís, antes de la convocatoria que corona el discurso y le da título—“pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: ‘Con todos, y para el bien de todos’”—, refuta explícitamente fuerzas y actitudes que se oponían a la sana unidad necesaria. Entre ellas, el menosprecio del valor del pueblo cubano para alcanzar su libertad y gobernarse por sí mismo; la herencia de la esclavitud con sus secuelas “racistas” —entre comillas, para recordar la claridad con que Martí desmintió el embuste de las razas—; el miedo a la guerra, alimentado por quienes querían mantener sus propiedades a salvo de riesgos derivados de un conflicto bélico.

No eran las únicas, también rebate las divisiones azuzadas entre cubanos y españoles para impedir la identificación que de hecho los hermanaba en el enfrentamiento a un régimen despótico; lindoros, olimpos y alzacolas —así los llamó— que menospreciaban a “la turba obrera, el arca de nuestra alianza, el tahalí, bordado de mano de mujer, donde se ha guardado la espada de Cuba”.

Junto con los obstáculos que el discurso denuncia, operaban otros elementos que Martí combatió a lo largo de su prédica patriótica. Lo hizo desde que, aún adolescente, en el artículo de fondo de El Diablo Cojuelo impugnó a quienes se atascaban en la vacilación entre Yara y Madrid —dilema que él siempre asumió con la rebeldía de Yara—, y en el poema dramático “Abdala” enalteció al héroe nubio que prefirió morir por su patria antes que verla esclavizada, y fundadamente se ha considerado un alter ego suyo.

Los ideales unitarios de Martí enfrentaban desafíos que él asumió con su inquebrantable ética. Debía contar con el apoyo de ricos dispuestos a engrosar los fondos de la revolución, pero en Versos sencillos, poemario editado en 1891 —y escrito en 1890, relativamente cerca, por tanto, de la carta a Ponce de León—, escribió: “Con los pobres de la tierra / Quiero yo mi suerte echar”.

Con esa declaración no se limitaba a lo meramente sentimental, ni daba voz a pose demagógica alguna en pos de seguidores, lo que habría sido ajeno a su conducta. Se expresaba quien, el 16 de noviembre de 1889, menos de un mes después de haber escrito los versos dirigidos a Ponce de León, le confesó al activista obrero cubano Serafín Bello, emigrado como él: “El corazón se me va a un trabajador como a un hermano”. También él era, esencialmente, un trabajador.

OPTIMISMO SIN IDEALIZACIONES

Su honradez se cimentó siempre en la historia y en la ética, y los principales mantenedores del movimiento independista se hallaban entre los humildes. Salvo dignas excepciones, ya en la misma década heroica de 1868-1878, muertos en ella sus principales líderes, que encabezó Carlos Manuel de Céspedes, las clases adineradas dejaron de ser fuente básica de fuerzas para la revolución, de héroes capaces de renunciar a sus bienes materiales y sus privilegios para servir a la patria.

De aquel decenio emergió una vanguardia encarnada en protagonistas que, por economía o por prejuicios asociados al racismo —o por ambas circunstancias juntas— se situaban lejos de los más ricos. Para ahorrar explicaciones, piénsese en Máximo Gómez y Antonio Maceo y, obviamente, en el propio Martí.

El creador del Partido Revolucionario Cubano proclamó su identificación con los

humildes, y no la disimuló ni en la campaña para recaudar fondos, a los cuales los ricos podían dar aportes sustanciosos. De su claridad dio sobradas muestras particularmente en el periódico Patria, que él mismo fundó y orientó para dar voz a las ideas propias de la revolución.

En “A nuestra prensa”, artículo de la primera entrega, aparecida el 14 de marzo de 1892, lo definió así: “Eso es Patria en la prensa. Es un soldado”, y como alguien, con dudosas intenciones, lo saludó y se apresuró a calificarlo como órgano del Partido, Martí publicó en el número del 30 de abril de ese año la nota “Generoso deseo”, en la cual agradeció el saludo pero definió el rotativo como “órgano del patriotismo virtuoso y fundador”.

Presentarlo como órgano del Partido, a cuya proclamación resulta significativo que se adelantara, podía tener sus inconvenientes: de un lado, lastimar a publicaciones que de tiempo atrás defendían la causa patriótica; de otro lado, constituir una posible traba a la hora de sostener perspectivas que —por desbordar el alcance de un frente nacional, básicamente multiclasista, como aquel Partido—, hubiera que someterlas a un proceso de aprobación que obstaculizaría la agilidad necesaria en la guerra de pensamiento.

De tal complejidad hablan textos relevantes, asimismo dados en Patria y escritos por el propio Martí, aunque no llevaran su firma: tampoco se acreditaba como director del rotativo. El 24 octubre de 1894 publicó un artículo titulado precisamente “Los pobres de la tierra”, en el que no solo reconoció que la contribución de esa masa a los fondos de la guerra merecía mayor encomio que la de los ricos. También advirtió que los primeros trabajaban “por la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos”.

Lucharía para que eso no ocurriese, y tenía bien ganada la confianza de los trabajadores, pero no idealizaba la realidad: “En un día no se hacen repúblicas; ni ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que, en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y entre la libertad y la soberbia, no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el género humano”.

RADICALIDAD SIN CONSESIONES

Tampoco se resignaba a ese escenario, y en el número del 14 marzo de 1893, segundo aniversario del periódico, publicó “¡Vengo a darte patria!”, artículo dedicado a Puerto Rico y Cuba, en el cual hizo declaraciones que —él, con tanta luz, lo sabría— podía alarmar a los más ricos. Desde lo más íntimo de sus convicciones, y desde el deber ser, anticipa los términos de su carta póstuma a Mercado, y expresa: “La patria no es comodín, que se abre y cierra a nuestra voluntad; ni la república es un nuevo modo de mantener sobre el pavés, a buena cama y mesa, a los perezosos y soberbios que, en la ruindad de su egoísmo, se creen carga natural y señores ineludibles de su pueblo inferior”.

El alcance de esas palabras lo explica la siguiente declaración: “Moriremos por la libertad verdadera; no por la libertad que sirve de pretexto para mantener a unos hombres en el goce excesivo, y a otros en el dolor innecesario. Se morirá por la república después, si es preciso, como se morirá por la independencia primero. Desde los mismos umbrales de la guerra de independencia, que ha de ser breve y directa como el rayo, habrá quien muera—¡dígase desde hoy!—por conciliar la energía de la acción con la pureza de la república. Volverá a haber, en Cuba y en Puerto Rico, hombres que mueran puramente, sin mancha de interés, en la defensa del derecho de los demás hombres”.

Aunque fueran inevitables los intereses de los empeñados en asegurar su fortuna personal, no precisamente en servir a la patria y los afanes justicieros, Martí ponía por delante la brújula por la cual debía guiarse la unidad revolucionaria. No cabía dar por buenos entonces, como tampoco hoy, los ardides y enmascaramientos capitalizados por quienes en función de sus ambiciones personales acudirían a la manipulación ideológica para medrar a costa de los humildes.

Martí no excluía a nadie de su convocatoria a trabajar “con todos, y para el bien de todos”, pero sabía que de ese ideal se autoexcluían por sí mismos quienes buscaban riquezas, privilegios, señorío, o se aferraban a los que ya tenían. No era un iluso que contaba con totalidades imposibles.

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