No se trata de hacer pronósticos que pueden cumplirse o no, sino de encender alarmas ante las señales que sí se observan claramente en el panorama regional, inclinando la balanza hacia la derecha y, especialmente hacia la ultraderecha, con asomo de un llamado fascismo del siglo XXI, o neofascismo, gracias a los hilos que mueve con gran maestría el titiritero de la Casa Blanca: Donald John Trump, quien aspira a erigirse como dueño del mundo, una de las características fundamentales de lo que especialistas diagnostican como «narcisismo diabólico».
Claro que para adueñarse del globo terráqueo no sólo le basta con posesionarse como «dictador regional», como lo califican algunos. Sus ansias de poder mantienen en vilo a otras partes del planeta, ante sus reiteradas amenazas de intervención militar, y por una desenfrenada «guerra sin balas» a base de aranceles, con los que pretende doblegar voluntades y ganar en su batalla geopolítica con China por el control del comercio global. Para ello ha venido cumpliendo las promesas que hizo el 20 de enero de 2025, cuando entró por segunda vez al salón oval en Washington, para un segundo mandato, no consecutivo, y proclamó al mundo que comenzaba una «etapa de oro» para Estados Unidos.
Un nuevo orden en el continente…y más allá.
Así las cosas, el despeinado inquilino de la Casa Blanca sigue poniendo sus propias reglas no sólo en América, sino también en la arena mundial, con absoluto irrespeto de las leyes, sin la aprobación del Congreso. Ese proceder lo llevó a lanzar un ataque a Venezuela el pasado 3 de enero, después de un asedio militar en sus costas caribeñas, con un saldo de más de 100 víctimas mortales, cuyo colofón fue el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, la diputada Cilia Flores, quienes serán juzgados en Nueva York, bajo acusaciones de narcotráfico, entre otros cargos, pero que finalmente él ha admitido se trata de apropiarse del petróleo y otras riquezas naturales de la nación bolivariana.
Faltó añadir que Venezuela, Cuba, Nicaragua y Colombia forman parte de los países que él considera «no amigos», léase «enemigos», a los cuales ha enfilado ahora más fuertemente los cañones con amenazas de intervención militar, incluso a México, con el pretexto de los cárteles de la droga. En el caso de Venezuela, como dijera Josep Borrell, exrepresentante de la Unión Europea, Trump no realizó ese movimiento en defensa de la democracia, ni por la lucha antidroga, sino porque a él «le importa un pito» el Derecho Internacional.
LOS ALIADOS DE TRUMP
Con la nueva «era Trump», el ciclo de gobiernos progresistas, la llamada «marea rosa» que imperó en América Latina a comienzos del siglo XXI, fueron borrados poco a poco mediante una contraofensiva que incluyó golpes de Estado «blandos», lawfare, campañas masivas de desinformación, asfixia económica y represión abierta, para impedir el avance de proyectos soberanos, frenar los organismos de integración regional y retroceder hacia modelos de subordinación a los intereses de Washington y las élites locales. Para esos propósitos el rubito de la Casa Blanca ha ido rodeándose de una excelente retaguardia.
Según un análisis de CNN, el republicano «ha retomado su agenda exterior con un enfoque pragmático y personalista, donde la ideología y la conveniencia pesan más que la diplomacia tradicional”.
Entre los presidentes de América Latina más alineados con el magnate republicano destacan Javier Milei, en Argentina, el «clon»
indiscutible de Trump; Nayib Bukele en El Salvador y Daniel Noboa en Ecuador. Un trío con una visión liberal en lo económico y un discurso en materia de seguridad, y represión popular, siguiendo la fraseología y prácticas del presidente # 47 de Estados Unidos.
Bukele y Milei coinciden con Trump –entre otras cuestiones- en su postura ante organismos internacionales, apartándose del multilateralismo. Trump acaba de darse de baja de 66 de esas entidades, tratando de desarticular organismos de cooperación regional y mundial, una de las promesas al inicio de su mandato. Se suman a esta especie de «guardaespaldas» de Trump en el área Santiago Peña (Paraguay) y José Raúl Mulino (Panamá), quienes ven en Estados Unidos un socio natural para el desarrollo económico y la inversión extranjera, o más bien, son flojos de convicciones y ceden ante la amenazas trumpistas, y aunque no ha podido apropiarse del Canal, si estableció reglas en su funcionamiento, con la anuencia del mandatario panameño.
Están los que pudiéramos llamar «en la cerca» como Bernardo Arévalo
(Guatemala), Rodrigo Chaves (Costa Rica) y Gabriel Boric (Chile), que no se apegan ni con Washington ni con Beijing, y priorizan el diálogo y la cooperación internacional, en lugar de las coincidencias ideológicas.
Excepciones de la regla lo son Inacio Lula da Silva, Brasil, y Claudia Sheinbaum, México, gobiernos de corte izquierdista, que mantienen firmes sus principios, y se apoyan en la diplomacia como estrategia para alcanzar soluciones. Hay que destacar, en particular, que Claudia, primera mujer en ocupar la presidencia del país azteca, ha demostrado que le «canta las cuarenta» a Trump, con la mayor dulzura y ecuanimidad del mundo. En los últimos tiempos, Trinidad y Tobago ha despuntado como un firme aliado de Washington en el Caribe, sirviendo de plataforma para los aviones de guerra norteamericanos y en el acompañamiento en prácticas militares con Estados Unidos contra Venezuela.
Y para acomodar aún más sus planes geopolíticos en esta parte del mundo, dos nuevos peones se incorporaron al tablero a finales de 2025, Nasry Asfura en Honduras y José Antonio Kast en Chile. Asfura llega al poder, tras un proceso electoral fraudulento, promovido por Trump para contar con otro cómplice en sus proyectos hegemónicos en Centroamérica. Kast, abogado ultraderechista, líder del partido republicano chileno, se ha declarado públicamente admirador del dictador Augusto Pinochet y es hijo de un antiguo, miembro del partido nazi, según un documento recientemente descubierto, que contradice las propias declaraciones del político de extrema derecha sobre el servicio militar de su padre durante la Segunda Guerra Mundial.
¿FASCISMO, ¿DOCTRINA MONROE EN AMERICA LATINA?
De acuerdo con la definición de la palabra fascismo se trata de un movimiento político y social de carácter totalitario desarrollado en Italia en la primera mitad del siglo XX, que se caracterizaba, principalmente, por la exaltación nacionalista, con forma de gobierno de carácter totalitario, antidemocrático, ultranacionalista y de extrema derecha. Ese es precisamente al panorama reinante en Latinoamérica en 2026, en gran parte de los gobiernos del área, donde se aplican no sólo ajustes económicos violentos, sino también una ofensiva integral contra los derechos laborales, el feminismo, el movimiento LGTBI, los pueblos originarios, los migrantes y cualquier forma de organización popular, otra de las metas ya cumplidas por Trump, en Estados Unidos. De ahí que analistas políticos, advierten sobre la presencia de un fascismo del siglo XXI, o neofacismo en tierras americanas, más de 100 años después de su aparición en Europa, donde, por cierto, la swastica es exhibida hoy por bandas neonazis que campean por su respeto. Al lenguaje político latinoamericano también se ha incorporado ahora la Doctrina Monroe «América para los americanos», a partir del auge expansionista de Trump y su consigna MAGA (Hacer América grande otra vez), o sea, Estados Unidos, aunque el doctor en filosofía política de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), de México, José Guadalupe Gandarilla Salgado, opina que «Estados Unidos vuelve los ojos a una dominación directa y sin tapujos de carácter colonial sobre la región», y afirma que ese dogma: «Nunca fue desdeñado, contando siempre con una cierta quinta columna en países latinoamericanos».
UN ¨NARCISISTA MALIGNO¨ UN ¨CASI¨ LOCO, PRETENDE DOMINAR EL MUNDO
A punto de cumplirse un año de la llegada de Trump a la silla presidencial, recordemos las promesas que lanzó al mundo: “Estados Unidos pronto será más grande, más fuerte y mucho más excepcional que nunca. Dentro de poco, cambiaremos el nombre del golfo de México por el de golfo de Estados Unidos, y nos apoderaremos de Groenlandia. La era dorada de Estados Unidos empieza ahora; objetivos de su gobierno anunciados el 20 de enero de 2025 cuando tomó posesión del cargo en la Rotonda del Capitolio en Washington. ¡Ah! Se me olvidó decir que también prometió colocar la bandera norteamericana en Marte.
Desde entonces, todo el comportamiento público del ocupante de la Casa Blanca devino centro de un debate psicológico entre expertos de salud mental, quienes señalan que el multimillonario republicano presenta «rasgos compatibles con lo que se conoce como narcisismo maligno», «un patrón de conducta especialmente peligroso cuando se da en figuras con poder político», subrayan.
Para el psicólogo John Gartner, exprofesor de la Universidad John Hopkins, el perfil psicológico de Trump es comparable con el de algunos de los dictadores más sanguinarios del siglo XX. «Cuando comparo a Trump con Hitler… es que están cortados por el mismo patrón y tienen el mismo trastorno de personalidad», resaltando la gravedad de este tipo de rasgos cuando se trasladan al ámbito del liderazgo político. Entre los perfiles de ese trastorno, una forma extrema del narcisismo común, se citan: grandiosidad; necesidad constante de admiración; falta de empatía; manipulación; romper normas; ver enemigos en todas partes; disfrutar del daño ajeno; pensar que el mundo gira en torno a ellos; racista; autoritario. Gartner sostiene que este patrón lleva a Trump a situarse «por encima de todo y de todos». Y algo más preocupante. El propio Gartner habla de «demencia incipiente» de Trump, a partir del análisis de fotos que muestran los cambios del presidente en 2016, comparadas con la actualidad, mientras la Casa Blanca hace oídos sordos a esas advertencias y afirma que Trump está al 100 % de sus capacidades cognitivas. ¿Será que todos padecen de lo mismo?,

Centenario de Fidel